domingo, 3 de febrero de 2008

LAS FÁBULAS DE EDUARDO LABARCA GODDARD

Por: Ozren Agnic Krstulovic (Chile)
Fuente: Piensachile.com (03 de febrero 2008)

El señor Eduardo Labarca, ex militante comunista, miente con descaro. Miente cuando se asigna una profesión que efectivamente no tiene (abogado). Miente cuando se presenta como habiendo tenido, desde niño, una supuesta cercanía con Salvador Allende. Miente cuando indica que fue acompañante habitual del Presidente mártir en sus viajes al extranjero. Miente cuando se presenta como “ex director del diario El Siglo”. Miente, o acoge como suyas, mentiras de otros acerca de supuestas amantes del presidente. En esto Labarca pareciera seguirle los pasos al desprestigiado “historiador” Victor Farías, especialista en denigrar a Allende.

El padre de Eduardo Labarca, don Miguel, debe estar revolcándose en su tumba francesa ante esta nueva truhanería de su hijo menor. Junto con Augusto “el perro Olivares”, Carlos Jorquera, Carmen Lazo, y Víctor Pey, don Miguel Labarca, por cerca de medio siglo, fue uno de los pocos amigos cercanos, e íntimos colaboradores, de Salvador Allende. Lo digo con el aval de mis diecisiete años como integrante de ese magnífico equipo. Yo era algo más joven que los recién nombrados, pero a la edad de 22 años tuve el honor y el privilegio de ser, por nueve años, secretario privado del presidente en el Senado de la República y cercano colaborador suyo hasta el último día de su vida. Pocas personas actualmente vivas conocieron al presidente tan profundamente como yo. En su condición de brioso varón de la época, Allende no fue, por cierto, un paradigma de santidad, pero tampoco el Casanova pintado por Eduardo Labarca en su libro de vodevil, tan falso como sus ficcionales memorias del general Carlos Prats, que consiguiera hacer publicar en 1976, bajo el título de “Una Vida por la Legalidad”.

Siempre en la senda de la mentira, Eduardo Labarca Goddard tuvo la habilidad de engañar a la prestigiosa editorial “Fondo de Cultura Económica”, y al también ex dirigente comunista Marcos Colodro, que gestionó ingenuamente la edición en México. Pese a que fue categóricamente desmentido por las propias hijas de Prats, ese monumento a la mentira sigue siendo un libro de referencia para quienes intentan escribir la verdadera historia del Chile entre 1970 y 1973, sin haberse enterado de que se trata de un escrito de pura ficción. Pocos recuerdan que el propio diario La Tercera, que hoy ensalza al creador de tales mentiras, publicó en su oportunidad una queja de las hijas del general –referentes a las Memorias apócrifas-, en las que se indicaba textualmente que: “Cuando [las verdaderas memorias de Prats] aparecieron en 1985, [publicadas] por la editorial Pehuén, en la presentación se advirtió [que “Una vida por la legalidad”] era un "libro apócrifo que alguien escribió en México y que, cualquiera que haya sido su objetivo, deriva del compromiso con intereses particulares y no con la verdad” ((La Tercera, 19 de junio de 2005). Pillado en la mentira, Labarca trató de descargar veladamente su responsabilidad sobre el recién fallecido Volodia Teitelboim, escondiendo mañosamente su nombre, pero entregando versiones que ineludiblemente conducían a pensar que habría sido el dirigente comunista quien le habría encomendado la tarea de falsificar las memorias de Prats. Tal es así que el historiador Gonzalo Vial –de su misma índole- se refirió al hecho en un artículo del 6 de marzo de 2007, y vuelto a citar por El Mercurio on Line el 31 de enero de 2008. Vial señala que "en confesión espontánea y pública de Eduardo Labarca, conocido periodista comunista de la época de la UP y después de Radio Moscú, ha quedado establecido, sin aclaración posterior ninguna de Teitelboim, que éste ordenó a Labarca fabricar las memorias apócrifas de Prats, después publicadas y de difusión mundial". De acuerdo a la vieja e inmoral, pero eficaz teoría de Goebbels, prestigiosas entidades como lo son Tironi y Asociados, recogen la versión en artículo de La Tercera (Reportajes 24 de julio de 2005), asi como el diario El Periodista Nº 87, dando por sentada la veracidad de la mentira de Labarca.

Labarca también miente cuando, posteriormente, ha manifestado arrepentimiento por esas apócrifas memorias. Basta echar mano de la Internet para verificar cómo se ha ufanado de su gran mentira, al declarar, cínicamente, que aquella "fue una operación de propaganda y desinformación bien montada, con buenos resultados y ciento por ciento exitosa", según le indicó al periodista Cristóbal Peña, en entrevista que puede verse en el sitio mQh.

Ciertamente, Labarca consiguió engañar a algunos historiadores poco avispados, mientras recibió jugosos dividendos por derechos de autor, profitando así de la gran mentira que parece caracterizar su vida. Con la habilidad de su pluma, pudo engañar también al propio ex embajador de los EE.UU. en Chile, Nathaniel Davis, uno de los mejores conocedores de los secretos del golpe de Pinochet. El ex embajador, en su libro “Los dos últimos Años de Salvador Allende” cita 16 veces las memorias fraudulentas, sin saber que lo eran. Lo mismo hicieron otros investigadores, que supieron de ese falso por las páginas del diario The New York Times.

Por cierto, las cosas han cambiado y Labarca ya no es el abnegado militante Comunista de otros tiempos, que merecía todo nuestro respeto. Hoy no es más que un mercachifle al servicio de su propio bolsillo, y a la caza de una inmerecida y espuria fama literaria. Labarca sigue mintiendo con descaro al declarar recientemente en Radio Cooperativa que Allende fue, además, de un gran amante, un gran caballero porque jamás perdió contacto con sus mujeres y prueba de ello sería un cuaderno que conservaba, en el que habría guardado recuerdos de sus conquistas, tales como flores, fotografías y mensajes. Es obvio que un caballero – y Allende lo fue íntegramente- no guarda este tipo de souvenirs, más propios de un conquistador adolescente que de un hombre equilibrado y maduro, como lo era el presidente. Si tal cuaderno existe, lo que dudamos profundamente, Labarca debería hacerlo público, y demostrarnos así que no se trata de un nuevo producto de su mediocre imaginación literaria.

Como evidencia de la poca originalidad de Labarca, es el hecho de que incluso echa manos de las deleznables declaraciones postgolpe de Eduardo Frei Montalva al periódico ABC de España el 10 de octubre de 1973, en entrevista concedida al periodista Luis Calvo. En esa oportunidad, Frei, lleno de odio, afirmó que Allende era un político frívolo. El escribidor que criticamos les da un nuevo giro, pero es la misma vieja y manoseada jeringa...

Lo que expresa mejor la absoluta ignorancia e incomprensión de la grandeza de Allende es la afirmación reciente de Labarca de que Allende habría sido un buen candidato pero un presidente regular, permitiéndose ignorar la obra monumental de su Gobierno y su extraordinario aporte al avance social de Chile en los períodos que ejerció como Ministro de Salubridad, Diputado y Senador. Esta sola afirmación desmiente su supuesta cercanía con el Dr. Allende, la que si yo tuve, reitero, y cuyo legado conocerá el mundo cuando se publique el libro “ALLENDE: EL HOMBRE Y EL POLITICO”, con subtítulo “Memorias de un Secretario Privado”

Mis padres grabaron indeleblemente en mi mente una sabia frase en lengua croata: “Nemoi nikad lazi. Laz se brzo uhvatie jer ima kratke noge”, que en castellano significa: “nunca mientas; al mentiroso se le pilla rápidamente porque tiene patitas cortas”.

¿Alguien podrá creer lo que sobre Allende ha escrito un mentiroso empedernido y habitual de patas muy cortas? Juzgue el lector por sí mismo...
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Comentarios (2) Escrito por Hernán Montecinos el 03-02-2008 19:52

El caso de Eduardo Labarca viene a sumarse a otro ignominioso mercader de las letras Victor Farías. En uno y otro caso, dos mediocres personajes chilenos en los que han podido más sus afanes mercantiles y obtención de protagonismo político-social, utilizando para ello el despreciable recurso de confundir la "basura y la bazofia", con la ética y la verdad tan imprescindible en el mundo de las letras.

Escrito por Rafael García Huidobro el 03-02-2008 18:46

Amigos de Piensa Chile:
Les quiero manifestar la alegría y satisfacción que me ha invadido al leer el artículo de Ozren Agnic sobre el mercader de las letras, Eduardo Labarca, como tan bien le ha denominado. Me extraña muchísimo que nadie en Chile, ni siquiera quienes fueron ministros, sub secretarios o parlamentarios durante el gobierno del añorado Presidente Salvador Allende haya tenido la valentía de hacer claridad, denunciando ese libro, que no merece otro calificativo que el de ser un "Monumento a la Infamia", especialmente por haber sido Labarca hijo de tan dilecto y profundo amigo de Allende.
Felicitaciones por la publicación, felicitaciones al autor del artículo y felicitaciones a PiensaChile.
Rafael García Huiidobro-Chile

2 comentarios:

Roberto Ayub dijo...

Después de leer hace tiempo el violento texto de Ozren Agnic contra el libro de Labarca, desistí de comprarlo. Pero un amigo me dijo que el libro de Labarca valía la pena, lo compré y acabo de leerlo con muchísimo interés. No es ni farandulero ni escandaloso, al contrario, constituye una biografía humana y política profunda y sutil. Ahora conozco muchísimo mejor a Allende. El libro está muy bien documentado. En la respuesta furiosa de Agnic veo un enfoque timorato. El tono es completamente desusado, no es crítico, son solo insultos que pueden convencer a quienes no han leído el libro de Labarca. Yo quedé admirado de esa estupendas mujeres que compartieron una parte de la vida de Allende, y en eso incluyo a doña Tencha y a las hijas, especialmente a Beatriz, suicidada en La Habana, de la que Labarca traza un retrato magistral y trágico. La descripción del suicidio de Allende, con la voz de los testigos directos, es estremecedora. Me temo que Agnicc haya escrito esa diatriba movido por cierta envidia, porque él también escribió un libro sobre Allende, que sin ser despreciable, no tiene el vuelo ni el interés del de Labarca.

Roberto de Chile dijo...

POLÉMICA EN TORNO AL LIBRO DE EDUARDO LABARCA SOBRE SALVADOR ALLENDE

En Moscú, en la fiesta de Año Nuevo organizada en la embajada de Chile me encontré con el conocido cineasta chileno Sebastián Alarcón. En un momento de nuestra conversación acerca de los últimos sucesos de la vida cultural en Chile, Sebastián me contó que había leído con enorme interés el libro de Eduardo Labarca, titulado “Salvador Allende.Biografía Sentimental”. Y me comentaba que Eduardo Labarca presentaba en su obra la imagen de Allende no solo como político sino también como ser humano, revelando facetas poco conocidas suyas.
Sin embargo, existen juicios de otra naturaleza sobre este libro. Ozren Agnic, quien escribió también un libro sobre Allende, critica ácidamente la creación de Labarca. Sus consideraciones fueron difundidas en publicaciones electrónicas en español.
Esta polémica nos ha interesado, además, porque Eduardo trabajó, en los años del régimen de Pinochet, en nuestra emisora, (entonces Radio Moscú, hoy “La Voz de Rusia”) y fue uno de los autores del popular programa “Escucha Chile”.
La interesante entrevista hecha a Eduardo Labarca que presentamos en nuestra página electrónica no significa que, las opiniones expresadas en ella coincidan, completamente, con las nuestras. Pero sí nos gustaría recibir la de nuestros oyentes y usuarios de Internet (kosichev@ruvr.ru) que tuvieron ya la posibilidad de leer esta obra de de Eduardo Labarca, “Salvador Allende.Biografía Sentimental”.
Leonard Kosichev
Periodista
“La Voz de Rusia”

Eduardo Labarca responde a Ozren Agnic
acerca de su biografía de Salvador Allende


Pregunta: ¿Leyó los ataques que le lanza Ozren Agnic, ex secretario de Salvador Allende?
Respuesta: Los leí cuando los subió a la Internet a comienzos de 2008, en los mismos días en que publicó un libro sobre Allende. El mío había aparecido varios meses antes.
P: ¿Y leyó ese libro de Agnic, Allende: el hombre y el político. Memorias de un secretario privado?
R: Sí, he leído todos los libros sobre Allende.
P: ¿Qué le pareció?
R: Prefiero no hacer comentarios.
P: ¿Conoce a Agnic?
R: Lo conocí en los años 60, cuando era uno de los secretarios de Salvador Allende en el Senado y yo cubría las informaciones políticas como periodista.
P: Agnic lo acusa de “oscuros propósitos”, de un “segundo asesinato” del ex Presidente, de “destruir la imagen de Allende”. Lo trata 31 veces de “mentiroso” y “embustero” y le dice “mercader de las letras”, “mercachifle”, “mercantilista”, “falaz”, “calumniador”, “ignaro”… ¿Qué le responde?
R: Nada. Las groserías no tienen respuesta.
P: Pero esos textos siguen en la Internet.
R: No sabía. La Internet aguanta todo. Navego poco en la red.
P: Le ofrezco la posibilidad de responderle en esta entrevista.
R: A quien me insulta gratuitamente no tengo nada que responderle. A usted sí.
P: Agnic lo acusa de atribuirse un título de abogado que no tiene.
R: Juré como abogado en noviembre de 1969, hace 40 años, y ejercí algún tiempo. Negarme esa calidad constituye injuria y, además, imputación de ejercicio ilegal de una profesión, lo que es calumnia.
P: ¿Por qué no se querella?
R: Un amigo abogado me ofreció hacerlo. Estaba seguro de conseguir una condena y una indemnización contundente. Le di las gracias, pero rechacé el ofrecimiento. No me veo a mí mismo enjuiciando a alguien por un delito de expresión, por muchas barbaridades que diga.
P: Agnic sostiene que usted miente cuando dice haber tenido desde niño cercanía con Salvador Allende.
R: Mi cercanía con Allende pasó por diversos grados y etapas. Se inició en 1950, cuando mi padre comenzó a colaborar estrechamente con él. Yo tenía once años, Allende venía a nuestra casa, yo lo llamaba “tío”. Después participé en sus campañas y frecuenté las sedes de sus comandos. Tuve con él momentos de mucha proximidad, especialmente en 1966 en Cuba, adonde viajé como representante juvenil, primero a la Conferencia Tricontinental y luego a la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, la OLAS. En ambos casos la delegación chilena estaba formada por unas ocho personas y Allende era el dirigente más destacado. Convivíamos a lo largo de dos semanas: durante los vuelos, que tenían que ser por Europa vía Praga, y en los hoteles, encuentros y reuniones, desde el desayuno hasta la noche. En 1969 volví cuatro meses a La Habana como corresponsal de El Siglo. Por esos días Allende pasó un mes en Cuba a la espera de que se despejara la designación del candidato de la Unidad Popular. Estaba muy solo y me invitaba casi diariamente. De ese tiempo data la foto en que aparecemos en traje de baño en un yate. Vino la campaña presidencial de 1970, que está reflejada en mi libro Chile al rojo. Viajé como periodista con Salvador Allende en el avión presidencial a Ecuador, Colombia y Perú, y después a Buenos Aires a la toma de posesión del Presidente Cámpora.
P: Agnic sostiene que usted miente al decir que fue director de El Siglo.
R: Falso. Nunca lo he dicho. Cuando leí esa afirmación en el diario La Tercera, la desmentí por escrito. Pero el error sigue apareciendo.
P: Agnic afirma que fue “pillado en la mentira`” de haber escrito el diario apócrifo del general Carlos Prats.
R: Falso. Nadie me pilló. El asunto estaba olvidado cuando yo, treinta años más tarde, revelé mi participación en ese episodio, que hoy lamento. Sin mi confesión espontánea, nadie habría conocido el origen del libro. Me lancé a la piscina vacía por motivos de conciencia y eso tiene su mérito. No conozco a nadie que en Chile haya hecho algo parecido. La revelación sólo me ha acarreado problemas, entre ellos los insultos de este señor. Pero no me arrepiento.
P: Agnic dice que usted quiso descargar su responsabilidad sobre Volodia Teitelboim.
R: Ante las hijas de Prats, el comandante del Ejército general Cheyre y ante la prensa asumí toda la responsabilidad. A Volodia no lo nombré, pero algunos periodistas dedujeron una relación. Volodia murió, dejémoslo tranquilo.
P: Agnic lo acusa de haber recibido “jugosos dividendos por derechos de autor” del libro apócrifo de Prats.
R: ¡Ridículo! Fue una acción encubierta, mi nombre no figuró para nada. Sólo dos o tres personas conocían mi participación, la editorial mexicana no tenía idea. ¿Qué derechos podían pagarme? Más tarde, también me excusé ante esa editorial.
P: Según Agnic usted ha echado mano “de las deleznables declaraciones postgolpe de Eduardo Frei Montalva”.
R: Falso. No recuerdo esas declaraciones, ni las he mencionado en mi libro ni en ningún otro lugar.
P: Llegamos a su padre, Miguel Labarca, amigo y colaborador íntimo de Allende. Agnic afirma que usted lo ha deshonrado, que “debe estar revolcándose en su tumba” ante la “truhanería de su hijo”.
R: Lo que hace mi detractor aprovechando que mi padre falleció hace veinte años y hoy no tiene voz, es de muy mal gusto. Pero se equivoca. Mi padre ha vuelto a hablar y lo ha hecho en un libro póstumo que acabamos de publicar en Chile. Ese libro, Allende en persona, contiene páginas hermosas y profundas sobre la vida sentimental de su amigo Salvador.
P: Hemos llegado al tema que más indigna a Ozren Agnic: que usted haya escrito sobre la vida amorosa de Allende. Dice que “miente, o acoge como suyas, mentiras de otros acerca de supuestas amantes del Presidente”.
R: Salvador Allende no era un simple particular. Fue seguido por millones de chilenos. Decenas de miles perdieron la vida, padecieron la tortura o marcharon al exilio por haberse incorporado a su proyecto. Han transcurrido 35 años desde su muerte y un siglo desde su nacimiento, tiempo suficiente para que las nuevas generaciones tengan derecho a conocer en toda su complejidad a este grande de nuestra historia. Yo sé que el asunto no es sencillo, pues siguen vivos ex ministros y colaboradores, su viuda, sus descendientes. Subsiste una generación de allendistas nostálgicos y, a la vez, muchos jóvenes de hoy lo idealizan. Flota la tentación de construir la imagen de un Salvador Allende perfecto y sin tacha, marido y padre ejemplar, político abnegado, generoso, superhombre visionario, un santo sin carne y sin sangre, una estatua. Al escribir he tenido en cuenta esas sensibilidades, sin por ello renunciar a mostrar al Allende verdadero. Esa verdad enfurece a mi detractor, que en aras de un supuesto “allendismo” cree tener derecho a imponer lo que los ciudadanos de hoy y de mañana deberían saber de Salvador Allende y sobre todo lo que no deberían saber.
P: ¿A qué generación pertenece usted?
R: A la generación siguiente a la de Allende. Trabajé mucho en sus campañas y durante su gobierno, lo hice desde las filas comunistas, sin incondicionalidad. Mantenía cierta distancia, lo que me ha permitido combinar mis conocimientos privilegiados con una perspectiva objetiva. Como periodista yo “conocía a todo el mundo” y “sabía lo que pasaba” en las alturas allendistas. Las personas cercanas a Allende me tenían y siguen teniendo confianza, lo que se demostró durante la preparación de mi libro. Un centenar de personas hablaron conmigo sin tapujos, contentas de no tener que llevarse los recuerdos a la tumba. Las cartas de amor de Allende que reproduzco no me cayeron del cielo: me las entregaron voluntariamente.
P: ¿Habló con Ozren Agnic?
R: No. No consideré necesario hacerlo… Los contactos mencionados tuvieron carácter urgente por tratarse de personas de edad avanzada, algunas muy ancianas. De mis entrevistados varios han muerto después de publicado el libro, como el empresario “rojo” Julio Donoso; el director de protocolo Lucio Parada; Renato Bussi, hermano de Hortensia; Carmen Lazo, la “Negra”; la actriz Marés González; Andrea Morales, hija de Eliana Vidal, y probablemente otros sin que yo lo haya sabido. Los testigos están desapareciendo y después de mí no quedará nadie con los recuerdos, las conexiones, la capacidad y la decisión de mostrar ciertos aspectos esenciales de la vida de Allende. Ergo, el libro había que escribirlo ahora o nunca.
P: ¿Abordó el tema de los amores “a la caza de una inmerecida y espuria fama literaria”, como dice Agnic? ¿“Al servicio de su propio bolsillo”, como él afirma?
R: En absoluto. Me interesaba mostrar a Allende en su plenitud. Los lances amorosos de Allende se hallaban indisolublemente unidos a su accionar político y solían tener lugar a la luz pública. Todos los que lo rodeaban estaban al tanto. Salvador Allende brindó su devoción a algunas de las mujeres más bellas e inteligentes de su tiempo, comenzando por su esposa. La pretensión de separar al Allende seductor de multitudes del Allende seductor sentimental entraña una amputación arbitraria que quiebra la unidad psicológica del ex Presidente y adultera la esencia de su vida pública y privada. Cualquier tentativa de falsear la imagen de Salvador Allende, de administrar su memoria como coto privado, de esconder bajo la alfombra, por afanes de moralina, los aspectos “inconvenientes” de su vida, es simplemente absurda e hipócrita. Allende pertenece a la Historia de Chile y no tiene dueños.
P: Ozren Agnic dice que usted no posee ni “un ápice de caballerosidad”, que “no vacila en dañar la honra de mujeres vivas y muertas”, sin considerar “que tras esas mujeres hay descendientes y colaterales, irreversiblemente dañados por sus mentiras”.
R: ¡Qué beatería! ¿A quién va a dañar “irreversiblemente” que se sepa que su madre o su abuela tuvo amores con un personaje de la Historia? Esas mujeres se enorgullecían de pasearse del brazo de Salvador Allende y a él le encantaba pavonearse con ellas.
P: Pero Hortensia Bussi, la viuda, está viva. Según Ozren Agnic, usted la trata de “intencionadamente sorda y ciega, calculadora e insensible”, y a ella y las hijas las “victimiza”.
R: Esos calificativos no aparecen en mi libro. Al contrario. Pongo de realce las cualidades de Hortensia Bussi y de las tres hijas. Esperar el fallecimiento de su viuda habría equivalido a rondar como el chacal que aguarda la muerte de su presa. Además, nadie puede asegurar que yo vaya a sobrevivirla. Al transparentar situaciones que muchos conocieron, mi libro pone fin a la maledicencia y los murmullos, y honra a Hortensia Bussi. Después de su publicación, el cariño y el respeto hacia ella no han disminuido en absoluto. En los años transcurridos desde la muerte de Salvador Allende, Hortensia Bussi ha sabido ganarse un sitial perdurable.
P: Ozren Agnic niega validez a las “conversaciones confidenciales” que usted cita.
R: El libro lleva mil cuatrocientas notas de pie de página en las que indico las fuentes. Sin embargo, en ciertos casos he estimado conveniente proteger la identidad de mis interlocutores. Es un recurso legítimo en el periodismo y las investigaciones de historia contemporánea.
P: Ozren Agnic lo acusa de afirmar que Allende “habría profitado de su posición de senador y Presidente” para efectuar negocios.
R: Falso. Jamás he insinuado tal cosa. Lo que hubo es que a lo largo de su vida parlamentaria Allende participó en varios negocios perfectamente legítimos, como los bares lácteos, la empresa Sochildico que distribuía las películas de la URSS de entonces y la venta de productos agrícolas chilenos a Cuba, para gran satisfacción de los agricultores nacionales. La primera fase de los negocios de Allende con Cuba está descrita en el libro de Julio Donoso que yo cito.
P: Según Agnic usted atribuye también a Allende “la calidad de socio” del llamado Piso 13, la tienda de lujo creada por Donoso.
R: Falso. Digo que era visitante asiduo, que no es lo mismo.
P: Ozren Agnic sostiene que el departamento que Allende tenía en la calle Bueras era una oficina y no un nido de amor.
R: Falso. Allende lo usó para citas amorosas durante tres décadas. Eso lo sabían todos en el círculo íntimo y los vecinos del edificio. El plano que figura en el libro, trazado por una arquitecta con quien visité el lugar, se basó en la descripción de dos personas que estuvieron allí en aquellos tiempos y del antiguo cuidador y actual ocupante.
P: Agnic asegura que Allende no durmió allí la noche de su triunfo.
R: Después de la celebración del triunfo en la sede de la Federación de Estudiantes de Chile, Allende pasó por lo menos una parte de esa noche con “alguien” en Bueras. Mi encuentro con el guardaespaldas Mario Melo en la puerta de ese edificio fue real y la llegada de Allende de madrugada a la casa de mis padres, a pocas cuadras, me la relató mi madre.
P: Ozren Agnic lo critica por haber escrito que la peruana Blanca Barreto fue la “primera amante de Allende”.
R: No existe tal afirmación en el libro. La hermosa relación del niño Salvador con Blanquita, siete años mayor que él, se desconocía hasta la publicación de mi libro. Esa relación se extendió hasta la muerte de Blanca en 1972 y constituye una historia bella, que merece respeto.
P: Según Ozren Agnic, usted denigra a Leonor Benavides, Inés Moreno, Viola de Ortega, Marés González, a la anónima “Negrita”…
R: ¡Al contrario! Presento en forma documentada, respetuosa y elevada la relación que en distintas etapas existió entre Allende y esas mujeres excepcionales. A todas las conocí y para escribir el libro hablé con ellas o busqué a los descendientes de las que habían fallecido. Cada una de esas mujeres le dio mucho a Salvador Allende y él le dio mucho a cada una. También destaco a las actrices Sarita Walsh y Eliana Vidal, a la cubana Laurita San Antonio, a las colombianas Eugenia Valencia, que fue amiga de mis padres, y Gloria Gaitán, amiga mía. Gloria fue la confidente de Salvador Allende en sus últimos meses de vida. Me refiero asimismo a la notaria Alina Morales Tórtora, que le regaló el cubrecama en que fue envuelto su cadáver, y por supuesto a la Payita.
P: Por abordar la relación con esas mujeres, Agnic lo acusa de presentar a Allende como un hombre “obediente al susurro de las amantes”.
R: Esa imagen no figura en mi libro. Allende nunca se dejó manejar por las mujeres. De sus páginas emerge humanizado y engrandecido.
P: Ozren Agnic objeta la autenticidad de las cartas y esquelas de amor de Salvador Allende que usted menciona. ¿Puede demostrar su veracidad?
P: Todas las cartas y tarjetas que cito y los facsímiles que reproduzco son de puño y letra de Allende. Los tengo digitalizados.
P: ¿En qué basa la descripción del cumpleaños de Beatriz Allende en Cañaveral, casa de la Payita, el 8 de septiembre del 73, tres días antes del golpe militar? Agnic dice que no existió tal celebración.
R: Me baso en un testimonio oral y en los relatos publicados por Ángel Parra, que animó la fiesta, y Ulises Estrada, entonces consejero político de la embajada de Cuba, que estuvo invitado.
P: Agnic lo ataca por haber afirmado en una entrevista que “Allende fue un buen candidato pero un presidente regular”. ¿Qué quiso decir con eso?
R: Que Allende, político eminente y gran seductor, supo conquistar al pueblo de Chile en forma magistral. Pero una vez en el gobierno, no logró controlar a su propia gente y la situación se le escapó de las manos, con el final que conocemos. No podemos responsabilizarlo sólo a él: la Unidad Popular era una coalición muy problemática.
P: Pero no se puede olvidar la intervención de Estados Unidos y la CIA, que Agnic recuerda.
R: Desde el momento en que la UP se proponía nacionalizar el cobre, los bancos y otras empresas, la intervención norteamericana y la conspiración de la derecha eran previsibles. Como decimos los abogados, constituían “datos de la causa” que había que tomar en cuenta. Allende y la UP sólo podían tener éxito si lograban contrarrestar esa intervención. Lamentablemente no lo consiguieron, a pesar del profundo sentido de justicia del programa y las medidas que se aplicaron.
P: ¿Cómo se explica usted la actitud de Agnic?
R: A algunas víctimas de regímenes dictatoriales se les contagian las actitudes de la dictadura. Al regresar la democracia, prefieren el insulto al debate de ideas. Mi detractor pretende prohibir el análisis de las causas de la derrota y la descripción de aspectos de la vida de Salvador Allende que para él parecerían ser “pecado”. Es la imposición de dogmas y la condena a quienes se atreven a decir la verdad. Es un intento de falsificar la historia por las dos vías que definieron los romanos: Suggestio falsi, supressio veri, vale decir, falsificar los hechos y ocultar la verdad. Eso no es progresista, es reaccionario y se llama fundamentalismo.
P: ¿Ve alguna otra razón en los ataques de Ozren Agnic?
R: Tal vez pensó que insultándome daría visibilidad a su propio libro. Pero no me atrevo a asegurarlo, no soy psiquiatra.