martes, 24 de junio de 2008

SILENCIO

Por: Cristián Warnken
Fuente: Revista “Artes y Letras”. Diario “El Mercurio” (22.06.08)

Un médico que acaba de operar un cuerpo enfermo de cáncer, un anestesista que libró hace pocos minutos una lucha con el dolor de alguien, una enfermera que todavía trae el olor del cloroformo pegado en la piel. Un estudiante de medicina que apenas ha tenido tiempo de respirar en estos días agitados de su práctica. Todos entran a la sala, como monjes blancos de una ciencia -la medicina- que terminó por ocupar el lugar de la magia, de la religión, de lo que antes curaba al hombre. ¿Quién alivia hoy de verdad el dolor del hombre? ¿Puede la ciencia -la hija estrella de una madre muerta, la sabiduría- calmar por sí sola el dolor que se aloja en el corazón de todos, los sanos y los enfermos?

Pienso en eso cuando veo entrar al poeta argentino Hugo Mujica al auditorio de este hospital y centro docente Padre Hurtado, en pleno corazón de las comunas más populosas de Santiago sur. Pero, ¿quién es Hugo Mujica? Eso deben preguntarse los que repletan la sala, mientras palpan sus celulares ansiosos, sus estetoscopios en espera.

Hugo Mujica se parece al protagonista de la película "Stalker" de Tarkovski, ese hombre como venido de otra parte, que parte en búsqueda de la "zona", acompañado de un intelectual y un científico, entre otros. Es el único que sabe esperar, soportar el silencio, el viaje a veces absurdo para llegar a ese lugar sagrado, fuera del tiempo, que alguien ha encontrado en un lugar del planeta devastado. Mujica, como Stalker, parece un extraterrestre iluminado por una suave fiebre que se llama "espera". Eso viene a decir Mujica a los que vienen a escucharlo sin saber quién es: que ha llegado la hora de callar, que hay que ponerse a "la escucha", que cada uno de nosotros llegó al mundo sin pedirlo, que todo se ha dado porque sí, que "no hay dádiva /sin la mano que la espere/ sin la palma que la coja".

Un silencio emocionado, expectante, acoje cada palabra de Mujica. Pero, ¿quién es Mujica? ¿Importa realmente saberlo? Él ha llegado aquí, a este lugar donde se nace y se muere, se sana y se enferma, sin que nadie se lo pidiera. Porque sí. Porque siempre lo fundamental ha sido así.

"Desde que el hombre es hombre se ha reunido siempre en torno a alguien que habla, para preguntarse qué es eso de estar acá, qué es eso de pertenecer a la vida, pues para el hombre la vida ha aparecido como una pregunta...".

Es Mujica quien habla y, hechizados por sus palabras y poemas limpios, casi transparentes, médicos y enfermeros se transforman en "pacientes", pacientes de la Poesía, ese lenguaje que "hace que lo ausente siga vigente, que hace presente lo que se acaba de perder". ¿Y qué se acaba de perder? Nosotros mismos, la vida, el presente que nos ha sido donado, lo hemos perdido. ¿Y cómo lo hemos perdido? Dejando de celebrar y, antes que nada, de escuchar. ¿Y qué hay que escuchar? Hay que escuchar la lluvia que cae y la que todavía no llega, escuchar lo que los estetoscopios y los celulares no escuchan: nuestro propio silencio. Isaac de Nínive lo dijo: "El silencio es el misterio del mundo venidero. El habla es el órgano del mundo presente. Muchos buscan con avidez, pero encuentran únicamente aquellos que permanecen en silencio". Pero, ¿quién es Isaac de Nínive? ¿Y qué importa? No importa saber, sí importa escuchar. ¿Quién eres tú? Eso importa. Todo lo demás es ruido, allá afuera. Acá se ha instalado una comunión del silencio abrazado. Mujica habla, musita sus poemas, y no llueve, pero llueve. ¿Alguien ha muerto mientras escuchamos a Mujica en este hospital? "Hace apenas días murió mi padre/ hace apenas tanto/ (...) hoy no es como otras lluvias,/ hoy llueve por vez primera sobre el mármol de su tumba./ Bajo cada lluvia/ podría ser yo quien yace, ahora lo sé,/ ahora que he muerto en otro".

Mujica recita. Mientras él recita, alguien ha nacido, en este hospital u otro, sin saber por qué. Médicos, enfermeras y estudiantes están a la escucha de lo naciente. Tal vez por primera vez.

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