martes, 4 de marzo de 2008

MEGAFUNDIDOS

Por Rafael Cavada
Lanacion.cl (3 de febrero de 2008)

Aleluya, hermanos, la megafusión de dos grandes empresas chilenas ha sido rechazada. Leyendo a los detractores deberíamos colegir que hemos sido salvados de la condenación eterna. En la otra esquina, los impulsores del negocio ven amenazada la Libre Competencia. Las páginas de los diarios se llenan de sesudas opiniones acerca de una u otra posición. Una bonita cortina de humo. La verdad de las cosas es que el rechazo de la megafusión no cambia demasiado las cosas para los ciudadanos de a pie, esos que llevan en su billetera un mazo completo de tarjetas de crédito.

El retail cualquiera sea el significado de esa estúpida palabreja ha sido sólo una vía para llegar al fondo del asunto: el endeudamiento, el crédito. A las tiendas, supermercados, a la banca y a todos esos mercachifles no les interesa qué venden, les importa que se los compren a crédito; es decir, con dinero que el comprador no tiene.

El gran negocio no es venderle una cocina para que el cliente cambie su antiquísimo modelo de un año de antigüedad por otro que trae una luz más en el horno y un calentador de platos de temperatura controlable. El meollo del asunto es que el tipo crea que necesita esa cocina nueva y que esté dispuesto a firmar el papel en la parte donde dice 12 cuotas.

Y es en eso no en la venta minorista donde han tenido un éxito rotundo. Es por eso que cuando el señor o la señora explican por qué compraron un medidor de rayos gamma para su jardín señalan que con la tarjeta estaba 30 lucas más barato que al contado, cuando en realidad lo que han hecho es pagar 70 lucas que no tenían para adquirir algo que no necesitaban.

La creación de necesidades, ése es el punto. Por eso es que cuando uno saca una cuenta corriente le endosan dos tarjetas de crédito y una línea de crédito. Nos están gritando a la cara ¡endéudese! Y millones de chilenos siguen embobados a estos modernos flautistas de Hamelin.

Lo bueno del asunto es que millones de personas tienen ahora la posibilidad de acceder a un mejor estándar de vida a través de estos créditos. La otra cara de la moneda es una generación de esclavos idiotizados, trabajando para pagar las cuotas del televisor de 500 pulgadas, que tomó el lugar de otro de 490 pulgadas que más aún todavía no habían terminado de pagar. Y como desecho colateral, la pérdida de aquella sana costumbre de ahorrar. El sacrificio pasado de moda, sobrepasado por el martirologio del endeudamiento.

Y en la cresta de esa ola, de ese tsunami, las empresas se megafusionan, se crean sinergias, economías de escala, se ahorran costos que supuestamente son trasladados al consumidor. Bonita chimuchina. Poco se dice de estas megaempresas que se coluden para evitar que otros actores entren a estropearles el negocio, de cómo a los proveedores de los supermercados se les paga a 30, 60 o 90 días, de cómo se los castiga cuando no quieren asumir los costos de la promoción de un supermercado donde son sus productos los que se venden bajo el precio de costo.

En ese caso, cuando los chocolates por poner un ejemplo se venden a mitad de precio, es el productor de chocolates el que debe asumir los costos de la promoción. El productor y sus empleados y sus trabajadores. Y si de sinergias y economías de escala se habla, eso significa que menos personas harán la misma pega que antes hacían más personas. La diferencia en el número de trabajadores se zanja con cartas de despido. ¿El ahorro llega a los clientes? El Tribunal de Defensa de la Libre Competencia dijo que no lo cree. Yo tampoco me trago mucho el cuento.

Pero ninguno de esos detalles cambia la victoria, el éxito fundamental de una idea. Esa que dice que las cadenas de la esclavitud que genera una compra a crédito son agradables si se tiene una cama, televisión, DVD, cocina, refrigerador, auto, microondas, living, comedor y todo lo imaginable, pero último modelo y pagado en cómodas cuotas.

Esas cuotas son los eslabones de una cadena que termina de pagarse poco antes de la jubilación, cuando lo único cierto es que ya no se es demasiado atractivo para nadie, salvo para las farmacias que le venderán las toneladas de remedios que usarán hasta el día de su muerte. Una vez bebido ese vaso amargo, lo que hay en el fondo es que ellos se megafusionan y nosotros nos megafundimos. La diferencia no tan sutil es que ellos son los mercaderes, y los esclavos nosotros.

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