jueves, 27 de marzo de 2008

POLÍTICA Y ONANISMO

Por: Manuel Cabieses*
Fuente: revista "Punto Final"

Entre los numerosos récords que ostenta Chile, hay uno que gobernantes, legisladores y publicistas no cacarean. Nos referimos a la indigencia ideológica y ética de la política, y al comportamiento de los políticos. La política chilena se ha fusionado con los negocios, como por lo demás ha ocurrido en casi todo el mundo, convirtiéndose -ya sea en la educación, la salud, la cultura, los medios de comunicación, el deporte, etc.- en otra rama del mercantilismo. Su asociación con los negocios, sin duda, es el factor principal del empobrecimiento de la política. Pero no es el único.

Siempre hubo en Chile partidos como el Conservador, el Liberal y Nacional -en el pasado- y hoy la UDI y Renovación Nacional, que son instrumentos políticos de los negocios y de la subordinación del país al capital extranjero. En esta época, el fenómeno se ha extendido a partidos de centro, como la Democracia Cristiana, el PPD y el Radical Socialdemócrata, y aún de “Izquierda”, como el Partido Socialista, que cumplen funciones de operadores de la banca, las transnacionales y la gran empresa nacional. Sin embargo, la monetización de la política no negaba -como no niega hoy en EE.UU., por ejemplo-, que los partidos al servicio de los negocios, como los demócratas y republicanos, produzcan propuestas con visiones diferentes del futuro del país.

En Chile, los políticos y sus partidos, que actúan como administradores exclusivos de una actividad que en rigor corresponde al pueblo, ni siquiera barnizan de ideas y doctrina sus planteamientos, porque han renunciado a toda orientación que no sea el pragmatismo más ortodoxo.

Una política como la que se practica en nuestro país, carente de propuestas y que da la espalda a las utopías, es pura paja. Queda reducida al dudoso arte de tejer alianzas y complicidades para compartir espacios de poder y tajadas del presupuesto fiscal. Esa política tiene de tal sólo el nombre. Carece de alma, no tiene espíritu, no conmueve corazones ni motiva voluntades. No es portadora de semillas capaces de hacer brotar esos sueños maravillosos que mueven a los pueblos y se convierten en historia.

Una tal política tiene mucho de onanismo, que parece sexo pero no es sexo. Parece política pero no es política. Es completamente estéril y egoísta, no es capaz de engendrar valores que multipliquen las fuerzas del pueblo para la construcción de un mundo mejor. La doctrina de este quehacer, chata y sombría -si doctrina la podemos llamar-, es el hedonismo. Sólo busca el placer del poder y del dinero fácil, la vanidad de sentirse dueños del espacio público, dispensadores de favores, generadores privilegiados de candidatos, administradores de la opinión pública, individuos superiores a esa masa gris de ciudadanos que mascullan desilusiones y tristezas en un eterno desencanto. Esa política vacua es la que hoy se hace en Chile. Las ideas han perdido toda relevancia y eso se hace más evidente cuando se reinician los períodos electorales, como ahora.

En el fondo todo lo “político” se reduce a dinero. Tanto tienes, tanto vales: la regla suprema de la sociedad que modeló la dictadura militar y que los gobiernos elegidos por el pueblo han cuidado con esmero. No hay por qué extrañarse entonces que para la mayoría de los ciudadanos Concertación y derecha parezcan lo mismo. Da igual cuál bloque gane. El juego electoral se convierte en eso, en un juego de casino. Los ciudadanos están obligados consagrar con sus votos a los candidatos que eligieron otros.

Los millones vuelan, pero las ideas, los proyectos y propuestas son cada vez más pobres. Las máquinas electorales otra vez se están poniendo en marcha. Los operadores de los partidos tejen acuerdos para compensar y retribuir. Se ha iniciado la pecha de los candidatos al interior de los partidos para ganar el favor de los grandes electores. Empiezan las gestiones para reunir las “cajas electorales”. Las empresas publicitarias se preparan para inundar el país de propaganda. Los afanes comienzan por alcaldes y concejales, los aspirantes más baratos al poder (aunque algunas alcaldías valen su peso en oro). Siguen los diputados y senadores que cuestan desde 500 hasta dos y tres mil millones de pesos. Y la danza financiera culmina con la elección del presidente de la República. Esta vez, como mínimo, costará unos 15 millones de dólares el derecho democrático a “estar en la pelea”.

La ostentación de riqueza que hacen las campañas electorales contrasta con la indigencia de esta “política” sin ideas ni propuestas de cambio verdadero. Esto explica el distanciamiento cada vez mayor entre las corporaciones de intereses llamadas partidos, y la mayoría ciudadana que se siente por completo ajena a una actividad tan lejana como la estrella polar. Partidos sin doctrina, sin programa, sin ideales, sin ética, han terminado por mellar las últimas esperanzas del pueblo. Partidos clonados, iguales unos a otros, que se han deshumanizado en su práctica de servidumbre del modelo neoliberal. Sólo llevan apellidos de fantasía para confundir a la gente, pero en realidad son máquinas electorales -muchas veces mafiosas- o simples asociaciones de inversionistas de la política.

Este tipo de “política” ha matado las esperanzas de justicia social, participación y democracia que se acumularon durante la dolorosa lucha contra la dictadura de los generales y empresarios. El acomodo desvergonzado de lo que ayer fueron principios respetables, la feroz corrupción de la “clase política”, la hipocresía y la mentira disfrazadas de virtudes, los irritantes privilegios de los políticos cortesanos del poder económico, la manipulación y secuestro de la opinión pública, agravan la humillación a que ha estado sometida la dignidad de los chilenos que esperaban algo muy distinto del período post dictatorial. En su desesperanza, muchos han llegado a creer que se derramó en vano la sangre de los hombres y mujeres que enfrentaron heroicamente al terrorismo de Estado para reconquistar la libertad.

Estos son los motivos que empujan a la mayoría a la indiferencia y al desprecio por la “política”. Sobre todo a los jóvenes, que no están dispuestos a legitimar una caricatura de democracia que hiede a corrupción. Muchos ciudadanos mayores, que sufrieron la dictadura, han seguido votando a regañadientes por la Concertación. Lo hacen por una generosa cuestión de honor: para cerrar el paso a la derecha. Pero hasta esa consideración se ha desgastado, ya que cada vez es más difícil distinguir a la Concertación de la Alianza derechista.

Ya está bueno que desde la Izquierda surja un esfuerzo honesto que no sólo le permita reconstruirse a sí misma, sino también levantar una propuesta que dignifique la política y sus valores. Un proyecto de vasto alcance, inclusivo de todas las tendencias, suprapartidario y que haga de la solidaridad, la justicia y la igualdad las metas de un nuevo orden. Una propuesta que hable de una ética capaz de poner en marcha una voluntad de cambio social.

*Director de la Revista Punto Final. Artículo publicado en el último número de esa publicación.

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